Arzobispado de San Juan de Cuyo

AÑO JUBILAR DIOCESANO
2009 – 19 DE SEPTIEMBRE - 2010

¿Qué es un año Jubilar?
Es un tiempo de gracia para las personas y las comunidades. Al conmemorar un acontecimiento importante, es la ocasión para abrirse a la siempre “nueva” presencia del Dios de la historia.
¿Cómo se originarios los años jubilares en la iglesia?
El primer año jubilar se celebró en el 1300. Pero esta es una institución que tiene origen en un mandato divino que recibieron los israelitas, hermanos mayores en la fe.
¿Dónde está en la biblia testimoniado?
La Torah en sus libros del Éxodo (23, 10-11), Levítico (25, 1-7; 18-20) y Deuteronomio (15, 1-6) establece cada siete años el año sabático en que la tierra debe reposar. "Seis años sembrarás tu campo, seis años podarás tu viña y cosecharás sus productos; pero el séptimos año ser de completo descanso para la tierra, un sábado en honor de Yahveh" (Lv 25,3-4). "Cada siete años harás remisión... remisión en honor de Yahveh" (Dt 15, 1-2).
Asimismo el libro del Levítico (25, 8-17; 23-28) establece, cada cincuenta años, un año santo de liberación para las propiedades y para los hombres que por la esclavitud hubieran perdido su libertad, proporcionando una motivación verdaderamente teológica: el único dueño de la tierra y de las personas es Dios.

"No podía privarse definitivamente de la tierra, puesto que pertenecía a Dios, ni podían los israelitas permanecer siempre en una situación de esclavitud, dado que Dios los había rescatado como propiedad suya exclusiva liberándolos de la esclavitud de Egipto" (Juan Pablo II, TMA 12).

¿En estas instituciones del Antiguo Testamento se preparaba algo nuevo?
Sí. Esto prometía Dios por medio de uno de sus profetas:

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.
Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres,
a vendar los corazones heridos,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la libertad a los prisioneros,
a proclamar un año de gracia del Señor,
un día de venganza para nuestro Dios;
a consolar a todos los que están de duelo,
a cambiar su ceniza por una corona,
su ropa de luto por el óleo de la alegría,
y su abatimiento por un canto de alabanza.
Ellos serán llamados “Encinas de justicia”,
“Plantación del Señor, para su gloria”.
                                                                 (Is 61, 1-3)


¿En quien encontró cumplimiento esta profecía?
Según la narración de Lucas, en la sinagoga de Nazaret, Jesús expone su programa de evangelización citando el texto de Isaías 61 con esta adaptación: "El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19).

Jesús no anuncia un jubileo tradicional, al estilo de Lv 25, sino que anuncia la proximidad de una intervención extraordinaria de Dios: con él llega el gran jubileo, el definitivo. Jesús viene a cumplir el contenido de la ley y de la profecía: abre la era jubilar de remisión, de gracia y de libertad. No anuncia un año: anuncia la inauguración de una era. "El jubileo, "año de gracia del Señor", es una característica de la actividad de Jesús" (TMA 11).

¿Cuál es, entonces la característica de un Jubileo, según Jesús?
A partir de Cristo, todos los años son "años de gracia". "Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección" (TMA 10). Con Jesucristo ha llegado el tiempo deseado, el día de la salvación, la plenitud de los tiempos (Ga 4, 4; He 1, 2; 1 Jn 2, 18).

¿Qué sentido tienen los años jubilares después de Cristo?
Todos los jubileos se refieren a la “plenitud de los tiempos” al “año de gracia” y aluden a la misión mesiánica de Cristo, venido como "consagrado con la unción" del Espíritu Santo, como "enviado por el Padre". Él es quien trae la libertad a los privados de ella, libera a los oprimidos, devuelve la vista a los ciegos. En esta línea debemos entender los años jubilares, en el tiempo de la Iglesia, como signos de la perennidad del año de gracia del Señor. No deben confundirse con la mera "definición cronológica de un cierto aniversario".

¿Cuáles son los signos propios de un Jubileo?
1. La peregrinación a lugares significativos para la fe de la comunidad. Esta sirve para avivar conciencia de los fieles que la peregrinación es momento significativo en la vida del creyente (homo viator); es camino de ascesis laboriosa, de constante vigilancia de la propia fragilidad, preparación interior a la conversión de corazón. Por la vigilancia ayuno, oración avanzamos hacia la plenitud de Cristo. Nos hace conscientes la peregrinación de que "no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro" (He 13, 14), la Jerusalén celestial. Modelo de la peregrinación cristiana son los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35).
2. La indulgencia jubilar es uno de los signos más tradicionales del año santo. El signo del perdón, de la reconciliación abundante y generosa, derramada sobre los que se convierten e imploran la remisión total de sus culpas, la restauración de sus vidas y personas.
La indulgencia es manifestación de la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con amor. Esta misericordia se hace visible en y por la Iglesia, que es presencia viva del amor de Dios, inclinado sobre toda debilidad humana.
La indulgencia jubilar va conectada necesariamente con los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación. Culmen del jubileo es el encuentro con Dios Padre por medio de Cristo Salvador, presente en su Iglesia, especialmente en sus sacramentos. Todo el camino jubilar, preparado por la peregrinación, tiene como punto de partida y de llegada la celebración del sacramento de la penitencia y de la Eucaristía, misterio pascual de Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación: éste es el encuentro transformador que abre el don de la indulgencia para uno mismo y para los demás.
3. Purificación de la memoria de la Iglesia. El año santo es llamado a la conversión, también de la Iglesia, para que surja de esta actitud un renovado testimonio de compromiso cristiano en el mundo.
4. La caridad, que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación, es otro signo de la misericordia de Dios, que debe resplandecer en el año santo. Se ha de tender a crear una cultura de solidaridad y cooperación.
5. La memoria de los testigos de la fe. Los que anunciado el Evangelio dando su vida por amor se constituyen en los “frutos manifiestos de santidad”, que deben ser agradecidos e imitados.
6. La renovación misionera. La memoria de la fe heredada ha de despertar el deseo de comprometerse a anunciar, con renovado ardor el “año de gracia”, la salvación en Jesucristo a aquellos que la han olvidado o aún no la conocen.

Hace 175 años que nació nuestra Diócesis de San Juan de Cuyo. Esto ocurrió en el 1834 cuando el entonces Papa Gregorio XVI designo para los cristianos que vivían en la región de Cuyo a Fray Justo Santa María de Oro como su Obispo. El acontecimiento tuvo su importancia porque les concedía tener entre ellos a un sucesor de los Apóstoles.

Claro que la historia había comenzado mucho antes cuando ya en estas tierras habitaban hombres y mujeres que volvían la mirada hacia la cordillera y buscaban la protección y bendición del Dios que todo lo hizo. Tenían la esperanza puesta en un Hombre que tiempo antes había venido a enseñarles cosas y que había prometido que regresaría.

Cuando llegaron los primeros españoles transmitieron lo que ellos creían que: Dios es Padre, que tiene un Hijo muy querido al que nos lo dio como hermano y que el Abrazo de ellos dos es el Espíritu de Amor, que late en toda la creación y en particular en el corazón del hombre.

Allí se dio un encuentro los que estaban sentían que lo que les predicaban no les era extraño. Los que llegaron descubrieron que también por acá el cielo proclama la voz del Señor.
Es así como hombres originarios y conquistadores se encontraron proclamando que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre. Allí nació la Iglesia en Cuyo.

Muchos otros hechos fueron tejiendo la historia de la Iglesia de San Juan. Fieles laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes, obispos, fueron pasando de generación en generación la antorcha de la fe. Rostros concretos se hicieron protagonistas de la historia de la salvación.

Con María queremos cantar las grandezas de Aquel que nos ha salvado y nos ha congregado en su Iglesia. Queremos sentirnos dichosos por haber creído, alentar la memoria de los que nos precedieron, celebrar agradeciendo tanto bien recibido y seguir anunciando, movidos por el Espíritu, que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre.
                                                                    


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